Todos vienen al funeral de Rick, y yo no iba a ser menos

Existe un antes y un después en el descubrimiento de la poesía. En la experiencia de la poesía. La poesía, muchas veces, cuando es buena, cuando apela al conocimiento, cuando erige una estructura de palabras que instaura un mundo, tiene mucho más que ver con la verdad que la propia verdad.

Leer Todos vienen al funeral de Rick ha sido una actividad curiosa. Descifrar este libro ha sido como descifrarme a mí misma, entender cosas que no había podido interpretar hasta ahora. En consecuencia, reseñarlo es parecido a escribir sobre mí misma. Y escribir sobre una misma siempre conlleva hacer un poco de trampa. A veces nos escondemos en lo que escribimos, y el mero hecho de planificar ese refugio constituye en esencia la construcción de una realidad alternativa. Cierta, pero oculta.

En algún momento de nuestras vidas Maite Martí (la autora) y yo hemos sido la misma persona. Durante un tiempo ella ocupó el mismo espacio mental, físico y emotivo que yo había habitado en una vida anterior. Seguramente, escuchó las mismas cosas. Peticiones absurdas, como el encargo de un libro basado en el color y el dibujo de su portada. Esa es la vida que yo le conocía, la vida pública, la que estaba al alcance de todos, la misma vida que yo había transitado y que los demás también habían podido ver. Pero de las páginas de este libro emerge un yo poético que es tan auténtico como las vidas vividas a los ojos de todos. Un yo poético secreto que evidencia certezas veladas y que reivindica una lucha hecha de poemas como flechas y de imágenes como disparos. No se puede salir indemne de una lectura como esta.

En ese yo poético me he encontrado a mí misma, desde los primeros poemas hasta los últimos, con una sacudida que me ha dejado exhausta. Agotada de reconocer y reconocerme. He podido verme en los poemas (¿cuántos genios son capaces de conseguir que nos identifiquemos con lo que escriben?), me he adivinado en cada línea, y he rememorado a Rick. El Rick universal, el arquetipo, pero, también, mi propio Rick.

Y, por fin, he asistido a ese funeral, con indolencia, con alegría, celebrando la muerte del amor tóxico. Y así, con una catarsis digna de los clásicos griegos, he enterrado todos mis miedos y todas mis fobias y he bailado sobre esa tumba.

Que la tierra te sea leve, Rick. Hasta nunca Rick. Bienvenida Maite. Y quédate siempre.