“Trincheras permanentes”, femenino plural vs. masculino singular

Empiezo a escribir esta reseña con música de Rosendo de fondo, tarareo el estribillo y me doy cuenta de que él debe ser uno de los pocos, si no el único, rockero español feminista. Estar enamorada de él desde los 15 años no ayuda a ser objetiva, pero creo que, en este caso, el amor (platónico, por supuesto) no me obceca.

No sé porque he elegido a Rosendo para empezar a escribir sobre Trincheras permanentes, normalmente no escucho música cuando escribo cosas serias. Y cuando digo cosas serias, me refiero a cosas que no son ficción y que no dependen solamente de mi voluntad y de mi imaginación, eso es, en concreto, poesía y narrativa. Las reseñas son cosas serias, diría que casi científicas, y más cuando tratan sobre obras que atañen a nuestras vidas. No las propias vidas, que también, sino las vidas de todas.

Hubo un tiempo en que yo leía sin pistas, sin más ayuda que mi instinto y mi incipiente sentido crítico. Corrían los ochenta y yo era una preadolescente tímida y curiosa, no había bibliotecas en nuestros barrios, pero aunque las hubiera habido, tampoco habría encontrado mucho que leer, me temo. Los años han pasado, y de qué manera, y ahora el relato feminista ha salido de las instituciones y de las universidades y ha asaltado el dominio de lo cotidiano. Se habla de feminismos (en plural), de cuidados y de economía feminista en centros sociales, en cooperativas, en asociaciones, en los cafés y en las plazas. A la salida de los colegios y en las colas de los cines. En los parques, en los bares, en la cama. Evidentemente, sigue sin ser el pensamiento hegemónico, y en la guerra contra el heteropatriarcado y el capitalismo todavía nos quedan muchas batallas por librar (recogiendo el símil de las trincheras permanentes del título de esta obra).

Nuestras hijas tendrán la suerte de encontrar lecturas que las acompañen, como esta, que las ayuden a dar el salto epistemológico al feminismo consciente. Como el giro lingüístico que alienta Wittgenstein en su Tractatus, los femenismos de este siglo son una revolución inteligente, que nos inspiran e instruyen para el cambio, para ser libres, para vislumbrar la verdad detrás de una intuición que no es tal cosa, sino que es aprendizaje de esclava y herencia de sometimiento. Porque para descolonizar nuestras conciencias y descubrir la intuición verdadera -esa que no es ni aprendizaje de esclava ni herencia de sometimiento- son imprescindibles obras como Trincheras permanentes.

Carolina León hila una red de diversos relatos que tienen en común a la narradora-testimonio pero que, sobre todo, se construyen sobre una experiencia que parte de lo personal y se concreta en lo colectivo, que empodera a sus protagonistas y que crea ámbitos de solidaridad. Lo personal es político y “los cuidados se hacen políticos y la política se transforma en lugar de cuidados”. Así, entonces, el no lugar no sólo es posible, sino que es inevitable, y el horizonte de nuestras expectativas se convierte en realidad.

Lo mejor de esta obra, y tiene muchas cosas buenas, es la perspectiva desde la que está contada. La narradora-testimonio consigue crear un tipo de relato biográfico, que es también una crónica de viajes (por las otras vidas, por los otros lugares que hasta ahora no eran el propio) y un texto de sociología. Pero esta obra es básicamente un viaje iniciático protagonizado por una mujer que nos ofrece sus pensamientos, sus ilusiones y sus miedos y con ella conseguimos aprender lo que ella aprende y entender lo que ella entiende. Logra que nos involucremos en las otras vidas, y en la suya propia, y que hagamos de su viaje el nuestro.

Aprender a cuidarse también es eso, mostrarnos vulnerables ante los demás, y la verdadera fortaleza consiste en admitir esa vulnerabilidad. No hay nada más revolucionario que la lucidez y el conocimiento.

Hemos sido feministas toda la vida sin saberlo. Hemos tenido conciencia de clase sin saber que eso que nos parecía justicia y dignidad y solidaridad ya tenía un nombre, y era ese. Hemos sido y seguimos siendo ecologistas. Y sobre todo, sobre todo, somos la piedra angular de una sociedad que todavía está por venir y que será digna, justa y solidaria.